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Los judíos en Marruecos: pasado y presente

Los judíos en Marruecos: pasado y presente

La comunidad de judíos en Marruecos no es tan numerosa como décadas atrás, pero sí se puede calificar de importante e influyente, unida entre sí y comprometida con la conservación de su tradiciones. En esta página te contamos su historia y su situación actual, una información de interés para todos los turistas que vengan a Marruecos. Y en particular, para viajeros hebreos que visitan el país para conocer sus orígenes, especialmente los sefardíes (judíos originarios de la Península Ibérica), un pueblo que mantiene aún grandes lazos históricos y emocionales con los judíos marroquíes.

Judíos en Marruecos: un poco de historia

André Azoulay, uno de los sefardíes marroquíes más importantes por ser asesor económico del rey Mohamed VI, asegura que la historia de los judíos en Marruecos es larga, “de muchos siglos”. Y no le falta razón, pues se calcula que es una historia de casi 2.000 años. Se cree que la presencia hebrea en el país se remonta a poco después de la destrucción del segundo templo de Salomón, acontecida en el 70 d.C, bajo el mandato del emperador Tito. Tras aquel episodio traumático, se vivió una gran diáspora que pudo provocar la llegada de los primeros hebreos a los confines occidentales del mundo conocido, como la Península Ibérica y las tierras del norte de África: la provincia Mauritania Tingitana.

En los siglos siguientes, el crecimiento de los judíos en la Mauritania Tingitana fue muy grande, pero su situación no fue precisamente idílica. De hecho, durante el reinado del emperador Justiniano (siglo VI), ya convertido en Imperio Bizantino o Imperio Romano de Oriente, se promulgó la persecución de los judíos, junto con otros colectivos como los donatistas o los arrianos. No obstante, durante el siglo VII continuaron estableciéndose muchos judíos en el Magreb, precisamente por la persecución que también se ejercío al otro lado del Estrecho de Gibraltar por parte de los visigodos, tras la conversión al catolicismo del rey Recaredo.

Tras la conquista musulmana del norte de África, ya en el siglo VIII, la población judía adquirió un estatus de cierta protección: el de dhimmi, que suponía una relativa tranquilidad, exenta de conversión, pero con la obligación del pago de impuestos a las autoridades. Y de hecho, es un término que todavía hoy se utiliza para designar a creyentes de religiones abrahámicas o monoteístas, quienes merecen el respeto del Islam, según algunas interpretaciones del Corán.

Sin embargo, la situación empeoró con la llegada al poder de los almohades, dinastía bereber del siglo XII que promulgaba un cumplimiento mucho más estricto de la religión musulmana. Se produjo una fuerte persecución y represión de judíos, obligándoles a convertirse al Islam a la fuerza, lo que provocó emigración o clandestinidad. 

Más relajada fue en cambio la relación con la siguiente dinastía meriní, a partir del siglo XIII, con capital en Fez, donde precisamente se creó un mellah (barrio judío) y su población ocupaba puestos importantes en el reino y en la sociedad, como recaudadores de impuestos, comerciantes, artesanos y otros oficios. No obstante, eso no impidió que se produjeran episodios cruentos, como el asalto a este barrio en 1465, con un gran número de muertos. 

Precisamente Fez y otras ciudades del territorio actual de Marruecos (Alcazarquivir, Marrakech, Tánger, Larache, Tetuán) recibieron en 1492 una de las grandes oleadas de judíos de su historia: la acontecida tras el Edicto de Granada promulgado por los Reyes Católicos, que obligaba a los judíos españoles a huir o convertirse. Las ciudades del norte de África se convirtieron así en el nuevo hogar de miles de sefardíes, aunque los comienzos no fueron fáciles ni mucho menos, con reticencias incluso de los judíos locales, lo que llevó a mucho a regresar a la Península Ibérica y convertirse al cristianismo. Pero los que se quedaron, que fueron la gran mayoría, echaron profundas raíces, como se puede apreciar en la actualidad, pues estas ciudades son aún hoy los lugares de residencia de muchos judíos en Marruecos.

En cambio, más vulnerable fue la situación de la comunidad judía a finales del siglo XVIII: el sultán Yazid emprendió duras represalias a los hebreos del país, en especial en el norte, por haber apoyado a su hermano en las disputas de sucesión al trono. Igualmente fueron blanco de las iras de sus vecinos marroquíes durante la guerra con España, aprovechando para saquear numerosas casas de una comunidad ya de por sí golpeada por la crisis que había dejado la guerra con Francia dos décadas antes. 

Sin embargo, el viaje a Marruecos de Moses Montefiore en 1863 supuso un antes y un después en la relación entre musulmanes y judíos en Marruecos. Por influencia de este banquero y activista judío británico, el sultán Mohamed IV decretó la liberación de numerosos presos políticos en el país y la concesión de igualdad de derechos a los ciudadanos hebreos. 

A partir de entonces, creció la importancia social y la influencia política de los judíos en Marruecos, aupándose a puestos de confianza de los monarcas. Ejemplo de ello es el acto de rebeldía del sultán Mohamed V contra las leyes antisemitas dictadas por el gobierno de Vichy en Francia, cuando este territorio era un protectorado francés. Según algunas estimaciones, al finalizar la IIGM, había más de 250.000 judíos en Marruecos

1948 y 1949 fueron años convulsos para ellos. En 1948, tras el estallido de la guerra árabe-israelí o Guerra de la Independencia de Israel, muchos hebreos marroquíes sufrieron ataques y represalias. Y en 1949, animados por el movimiento sionista, decenas de miles de judíos comenzaron una gran emigración hacia el recién creado Estado de Israel.

Esta sangría demográfica no cambió en la década siguiente, ni siquiera a partir de la independencia de Marruecos en 1956 y el buen trato dispensado por el rey Mohamed V hacia la comunidad hebrea local. Se calcula que a mediados de los 60, la población judía se redujo a unos 60.000 habitantes. Una tendencia que se ralentizó en las décadas siguientes pero que no se ha frenado, y parece que la cifra de judíos en Marruecos está hoy entre las 2.000 y 5.0000 personas. Eso sí, muy apegadas a su patria, que es Marruecos y no Israel. 

Judíos marroquíes en la actualidad

La comunidad de judíos de Marruecos mantiene en la actualidad un estatus y un prestigio alto, así como una muy buena relación con el rey Mohamed VI y la Administración Pública. Precisamente por esta cercanía al aparato de gobierno, la mayoría de hebreos residen en Casablanca, la capital económica del país y muy cercana a la capital política, Rabat. 

Por supuesto, la comunidad judía celebra sus tradiciones y festividades con total libertad y respeto. Una de las más simbólicas es la Mimuna, que incluso forma parte de la Pascua (Pesaj) de Israel, pero que es originaria del Magreb: al acabar el periodo de abstinencia de determinados alimentos, los marroquíes musulmanes obsequiaban a los judíos en sus casas con otros productos como pan, mantequilla, miel, dátiles y frutos secos. Aún hoy se sigue celebrando, a menudo impulsada y organizada por instituciones como el Museo del Judaismo de Casablanca. 

Dentro de la comunidad de judíos en Marruecos hay variedad de orígenes, algo que se manifiesta por ejemplo en la lengua de comunicación empleada. Muchos son los que emplean el judeoárabe, que es la variedad usada también en otros países arabófonos, con la originalidad de que aquí utilizan el alefato (alfabeto) hebreo. En cambio, en el norte del país donde muchos judíos son de origen sefardí, emplean aún hoy el haketía, que es precisamente un dialecto del judeoespañol o ladino, y que tiene un sorprendente parecido con el castellano actual. No obstante, por encima de todos ellos, el francés ha gozado siempre de prestigio y aceptación como lengua de uso. 

En Casablanca hay servicios sociales y sanitarios dedicados a la población judía, carnicerías kosher, cementerios y más de una veintena de sinagogas abiertas, aunque en el resto ese número no es tan elevado, lo que supone un reflejo del ritmo menguante de la comunidad judía local. De hecho, existe cierta preocupación sobre el futuro porque los jóvenes con más posibilidades salen a estudiar al extranjero y muchos no vuelven, lo que provoca que el goteo de emigraciones no cese entre los judíos en Marruecos

En cambio, lo que sí está en aumento es el turismo relacionado con la cultura hebrea marroquí. En buena medida, porque ha crecido el interés de muchos judíos de otros países, y en particular sefardíes, que desean conocer los nexos de unión de su cultura local con la de Marruecos. Pero también ha habido un gran el impulso de conservación y difusión del patrimonio por parte de las instituciones marroquíes. Sirvan como ejemplo el mencionado Museo del Judaísmo de Casablanca así com otros proyectos similares en Fez, El Yadida o Marrakech, o la restauración de la sinagoga Nahon-Massat Moshe de Tánger, que data del siglo XVIII.   

Los mellahs de Marruecos

Dentro del conjunto de atractivos turísticos relacionados con los judíos de Marruecos destacan sin duda los mellahs. Este término se puede traducir como barrio judío, es decir, lo que en España se entiende por judería, con las que guardam muchos parecidos, y lo que en Italia se suele llamar ghetto, aunque esto último ha adquirido un tinte peyorativo. Y curiosamente también acabó teniéndolo el término mellah entre los árabes: aunque la palabra deriva del lugar en el que se construyó el primero de todos (Al-mellah, en Fez, que quería decir ‘el salinar’), posteriormente derivó el concepto hacia ‘tierra salada o maldita’.

En cualquier caso, la historia de estos mellahs ha pasado por diferentes etapas. Como decíamos, el primero surgió en Fez, en el siglo XV, y durante mucho tiempo fue el único. A mediados del XVI se creó otro en Marrakech, y a finales del XVII, otro en Meknes, por orden del famoso sultán Mulay Ismail. Ya a comienzos del XIX surgieron otros, como Rabat, Mogador, Salé y Tetuán, aunque este último, curiosamente, se llamó judería

Todos ellos tenían una serie de características comunes. Por ejemplo, estaban amurallados y sus puertas de entrada y salida estaban flanqueadas por hombres del rey. Pasada una determinada hora, normalmente las 21.00, nadie podía atravesarlas. Además, solían estar muy cerca de la residencia real, pues ocupaban importantes cargos en la corte y recibían por ello la protección oficial. De esa manera, los judíos de Marruecos podían mantener una vida separada de los musulmanes, pues en estos barrios tenían sus propios mercados y servicios. 

Sin embargo, desde finales del siglo XIX y principios del siglo XX, la tendencia fue desplazarse a las ville nouvelles, barrios diseñadas al estilo europeo, con avenidas más anchas y espacios más abiertos, quedando en los mellahs las personas más ancianas. En la actualidad, estos barrios judíos están ya poblados por gentes locales y de su pasado hebreo solo quedan algunos detalles y los recuerdos que mantiene vivos la actividad turística. 

Musulmanes y judíos en Marruecos, un rayo de esperanza

A nadie se le escapa que, en general, la relación entre ambas comunidades es tensa, principalmente por el conflicto que se vive en Tierra Santa entre israelíes y palestinos. Pero, más allá de estas diferencias, la relación entre musulmanes y judíos en Marruecos se puede tomar como un rayo de esperanza para el entendimiento y el respeto mutuos. Eso es lo que ocurre en este país, en el que los hebreos marroquíes sienten con orgullo su pertenencia a esta tierra desde hace casi 2.000 años, mientras que la gran mayoría de musulmanes, con el rey a la cabeza, mantiene una relación de confianza con sus compatriotas judíos. 

Por eso, en este punto se pueden retomar otras palabras de André Azoulay, hablando de la relación de ambos pueblos en este territorio. Las pronunció en 1991 y son un buen resumen de todo lo expuesto: 

“Sabemos que [la relación entre musulmanes y judíos en Marruecos] no siempre ha sido de color de rosa. Hay páginas negras. Pero el pasado de los judíos marroquíes no tiene nada que ver con el de los judíos de Occidente en periodos similares. En Marruecos no hemos visto deportaciones, ni nazismo, ni campos de concentración, ni Inquisición, en absoluto. Es más, judíos y musulmanes hemos vivido juntos, respetándonos los unos a otros”

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